domingo, 13 de diciembre de 2015

Barajar y dar de nuevo

   El Loco y el Sinvergüenza hallábanse en sillones enfrentados, compartiendo una enésima copa de Bonarda. Las paredes color turquesa de la habitación dejaban entrever a intervalos manchas irregulares de humedad, iluminadas por los primeros destellos de un amanecer frío que traía consigo una fina llovizna otoñal. La vieja amistad que los hermanaba había quedado sepultada bajo una dura capa de rencor e indiferencia.

   - ¿Qué nos pasó? ¿Cómo llegamos a esto? - preguntó el Sinvergüenza. Su voz delataba su borrachera y su tristeza.
   - Lo de siempre - respondió el Loco, sin dejar de observar meditabundo su copa de vino -: dinero, mujeres, orgullo, venganza... jugamos a ver quien la tiene más larga, básicamente.
   - Tenés razón, creo que abusé mucho de tu honradez.
   - Hasta que me cansé, vi la ocasión y te hice mierda. Necesitaba devolverte los golpes.
   - ¿Te arrepentís de haberme dejado así tirado, a la buena de Dios?
   - Alguien tenía que hacerlo, y yo era el más indicado para ello. ¿O acaso sentís remordimiento por todas las humillaciones a las que me sometiste? - interrogó el Loco, mirando a los ojos de su compañero.
   - Me disculpo por tu sufrimiento, pero no por lo que hice. Haría lo mismo de nuevo, pero cuidando de que no me descubras. Si te hubiera ocultado bien lo que hacía hubieras sido feliz, ignorando todo lo que pasaba a tu alrededor. Ocultarte algo no puede ser tan difícil como parece. - se sinceró por primera vez el Sinvergüenza. Después de un breve silencio, preguntó - Entonces, ¿estamos a mano?
   - Así parece.
   - Sin embargo nuestra relación ya no tiene arreglo, y no hay forma de empezar desde cero, ¿cierto?
   - Cierto. Al menos, no en esta vida.
   El Loco dejo su copa sobre la mesa, introdujo una mano en su abrigo y sacó un revólver. Apuntó al pecho de su viejo amigo y disparó. El sonido del fogonazo rebotó en las cuatro paredes de la pequeña habitación. Lentamente la camisa del Sinvergüenza fue tiñéndose de rojo.
   - Espero que en la siguiente vida no arruinemos nuestra amistad. - dijo el agonizante, atragantándose con la sangre que salía de su boca.
   - Lo mismo digo. - respondió el Loco. Apoyó la punta del arma en su sien y, después de dedicarse ambos mutuamente una sonrisa cómplice, tiró del gatillo.

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